CAPITULO 1: El primer grito siempre era el mismo.
Agudo, desgarrador. Tan humano que todavía conseguía atravesar el estruendo de la batalla, después llegaban cientos más, mezclándose con el sonido del acero desgarrando carne, las explosiones de magia y el incesante batir de alas que cubrían un cielo teñido por el fuego. Imir corría sin saber hacia dónde, sus manos estaban cubiertas de sangre que no sabía si era suya o de alguien más. A su alrededor solo quedaban cuerpos destrozados, montañas de armaduras rotas y una lluvia de plumas blancas que descendían lentamente mientras el mundo parecía derrumbarse frente a sus ojos.
Un golpe seco lo arrancó de aquella pesadilla.
Imir abrió los ojos con un jadeo desesperado, llevándose una mano al pecho mientras intentaba recuperar el aliento. Durante unos segundos fue incapaz de distinguir el sueño de la realidad. Su corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía querer escapar de su cuerpo, y el dolor que le atravesaba la cabeza era tan intenso que tuvo que cerrar los ojos nuevamente. Aquellas pesadillas lo visitaban casi todas las noches desde hacía siglos, siempre eran diferentes, siempre terminaban antes de mostrarle aquello que más necesitaba entender. Nunca recordaba los rostros, nunca comprendía las voces. Solo despertaba con la misma sensación: la insoportable certeza de haber perdido algo que alguna vez fue suyo.
Permaneció inmóvil durante varios minutos, intentando recuperar el aliento. El enorme espejo ocupaba casi toda la pared de la habitación. Como cada mañana, evitó mirarlo. Nunca supo explicar el motivo. No era miedo ni vergüenza, era rechazo. Un rechazo profundo que nacía en algún lugar de su pecho cada vez que sus ojos se encontraban con aquel rostro.
Respiró hondo antes de obligarse a levantar la vista.
Allí estaba otra vez.
La piel gris endurecida como roca volcánica, los grandes cuernos negros que nacían de su frente, el cabello blanco cayendo sobre sus hombros. Los ojos amarillos, apagados, vacíos… los ojos de un demonio.
Frunció el ceño.
Algo no estaba bien.
Nunca lo estaba.
Lentamente levantó una mano y rodeó uno de sus cuernos con los dedos, cerró el puño con fuerza hasta que sus nudillos comenzaron a ponerse blancos, tiro de el una y otra vez hasta que un dolor agudo recorrió su cabeza.
Apretó todavía más, Durante un instante deseó arrancarlo, pero nunca sabia el por qué, Simplemente ocurría cada mañana.
Como si una parte de él rechazara desesperadamente aquello que veía reflejado al otro lado del cristal.
El dolor terminó obligándolo a soltarlo.
Respiró profundamente y bajó la mirada.
—Otra vez… —murmuró para sí.
La armadura descansaba junto a la puerta, exactamente donde la había dejado la noche anterior.
Nunca recordaba haber elegido aquella armadura.
Siempre había estado allí.
Comenzó a colocar cada pieza sobre su cuerpo con una precisión casi mecánica. Primero el peto, cuyo peso hundía ligeramente sus hombros. Después los brazales, marcados por incontables golpes, las grebas y finalmente ajustó el cinturón de cuero donde colgaban las herramientas de tortura, cada hebilla que cerraba era un movimiento aprendido hacía siglos.
No necesitaba pensar, su cuerpo lo hacía por él. Cuando terminó, flexionó ligeramente los dedos dentro de los guantes metálicos. Ya no quedaba rastro del hombre que había despertado unos minutos antes.
Solo permanecía el verdugo del Rey.
la grieta
Las puertas de hierro se cerraron detrás de Imir con el mismo estruendo que marcaba el inicio de todas sus mañanas. Recorrió los largos pasillos del palacio sin detenerse. La piedra negra, las columnas gigantescas y el resplandor rojizo de la lava convertían aquel lugar en un laberinto silencioso donde el rostro del Rey aparecía esculpido una y otra vez sobre paredes, estatuas y enormes pilares. Entre cada escultura podían leerse las mismas frases que los demonios repetían desde pequeños: “La obediencia sostiene el reino.” “La duda es el primer paso hacia la traición.” Imir hacía siglos que había dejado de leerlas. Formaban parte del paisaje, igual que el olor permanente a ceniza o el sonido lejano de las cadenas arrastrándose por los calabozos.
Al final del corredor, una inmensa escalera descendía hacia las Cámaras del Castigo. A cada peldaño el calor se hacía más intenso y el aire más pesado. Los gritos comenzaban a mezclarse con el sonido del metal golpeando piedra hasta formar un murmullo constante que nunca desaparecía. Allí era donde Imir pasaba la mayor parte de su existencia.
Cuando atravesó las enormes puertas de hierro, varios guardianes acababan de conducir a un nuevo grupo de almas condenadas hasta el centro de la sala. Algunas lloraban, otras rezaban. Muchas eran incapaces de aceptar que la muerte no había significado el final de su sufrimiento.
Fue entonces cuando la vio.
Entre todas las almas había una mujer que seguía de pie.
Las cadenas habían desgarrado la piel de sus muñecas y la sangre descendía lentamente hasta la punta de sus dedos, pero aun así mantenía la cabeza erguida. Sus ojos recorrían cada rincón de la sala con una mezcla de miedo y desconcierto, como si todavía buscara una explicación para todo aquello, no gritaba, no suplicaba, solo observaba.
Cuando los guardianes la empujaron hacia delante, levantó la vista; Sus ojos se encontraron con los de Imir, ella fue la primera en apartarla, no porque viera un demonio, sino, porque creyó ver a alguien que llevaba demasiado tiempo olvidando cómo vivir.
Uno de los guardianes tiró con fuerza de las cadenas y obligó a la mujer a avanzar hasta el centro de la cámara. Sus muñecas permanecían sujetas por gruesos grilletes de hierro unidos a dos largas cadenas que descendían desde el techo. Cada paso hacía que el metal se tensara y volviera a abrir las heridas que ya cubrían sus manos. Cuando finalmente llegó frente a la mesa de piedra, los guardianes fijaron ambos extremos de las cadenas a unas argollas incrustadas en la roca, dejando sus brazos completamente inmovilizados mientras el resto de su cuerpo permanecía libre.
La mesa ocupaba el centro de la sala. Su superficie estaba marcada por incontables manchas oscuras que el tiempo jamás había conseguido borrar. A pocos metros, una segunda mesa sostenía los instrumentos de trabajo del verdugo, cuidadosamente alineados sobre una gruesa placa de hierro ennegrecida por los años.
Imir se acercó sin prisa. Recorrió la mesa con la mirada, tomó una de las pinzas entre los dedos y comprobó el cierre de sus puntas antes de volver a dejarla en su sitio. Después escogió otra. Todo parecía formar parte de una rutina tan antigua que ya no necesitaba pensar en ella.
La mujer observó cada uno de sus movimientos. Había imaginado que el verdugo del Inframundo sería una criatura impulsiva, dominada por la rabia o por el placer de hacer sufrir a los demás. Sin embargo, el demonio que tenía delante transmitía algo mucho más inquietante. No había odio en su rostro. No había satisfacción; Solo la indiferencia de alguien que llevaba demasiado tiempo haciendo exactamente lo mismo.
Permanecieron unos segundos en silencio, observándose mutuamente. Después, con la misma calma con la que habría preguntado cualquier otra cosa, habló.
—¿Cómo te llamas?
La mujer pareció sorprenderse. Bajó la mirada durante un instante y esbozó una sonrisa cansada, como si aquella pregunta fuera la última que esperaba escuchar en un lugar como aquel.
—Elena.
Imir asintió apenas, sin mostrar reacción alguna.
—¿Siempre preguntas el nombre de las personas antes de empezar?
No obtuvo respuesta.
El silencio volvió a instalarse entre los dos mientras Imir recorría la mesa con la mirada. Tomó una delgada varilla de hierro y la dejó a un lado. Después eligió otra herramienta sin mostrar el más mínimo cambio en su expresión.
Elena continuó observándolo.
—Debe ser extraño levantarse todos los días sabiendo exactamente cómo va a terminar.
Imir continuó con su labor como si aquellas palabras jamás hubieran sido pronunciadas.
—Imagino que después de tanto tiempo uno deja de pensar… y simplemente hace lo que tiene que hacer.
Seguía sin responder.
—Yo también terminé creyendo eso.
Los guardianes tensaron las cadenas una última vez hasta dejar sus brazos completamente inmovilizados sobre la piedra. Ella hizo un gesto de dolor, respiró hondo y volvió a levantar la vista.
—Tengo una hija, se llama Naeris, tiene seis años. Siempre me pedía que le inventara historias antes de dormir. Nunca fui buena para hacerlo, pero a ella nunca le importó. Se conformaba con escuchar mi voz.
Imir tomó la herramienta que había dejado a un lado y se acercó lentamente hasta quedar frente a ella.
—Antes era costurera. No ganaba mucho, pero alcanzaba para vivir. Cuando Naeris enfermó, todo cambió. Vendí todo lo que tenía y aun así el dinero nunca era suficiente. Entonces aparecieron personas que me ofrecieron mucho más de lo que podía ganar en un año. Solo querían que los acompañara. Pensé que sería algo temporal… pero cada vez me pedían cosas peores. Dejé de vender únicamente mi cuerpo. Empecé a vender mi silencio, mis principios y, sin darme cuenta, terminé ayudando a personas capaces de destruir la vida de otros. Cada vez que dudaba, volvía a casa y veía a mi hija respirando. Eso bastaba para convencerme de seguir.
Imir tomó una pequeña placa de hierro apoyada sobre el brasero y la sostuvo unos segundos entre las llamas hasta que el metal adquirió un intenso tono rojizo. En su superficie sobresalían cuatro letras grabadas en relieve, ennegrecidas por el uso de incontables condenas.
—Lo peor no fue hacerlo —continuó Elena mientras intentaba controlar la respiración—. Lo peor fue el día en que dejó de dolerme. Ese fue el momento en que entendí que estaba dejando de ser yo.
Por primera vez desde que había comenzado la conversación, la mano de Imir se detuvo una fracción de segundos antes de completar el movimiento.
Después llevó lentamente el hierro hasta la frente de Elena.
Ella alcanzó a comprender lo que iba a ocurrir apenas sintió el calor acercarse a su rostro. Cerró los ojos con fuerza.
El metal incandescente se hundió contra su piel.
Un grito desgarrador atravesó la cámara mientras el olor a carne quemada invadía el ambiente. Las cadenas se tensaron con violencia cuando su cuerpo intentó escapar instintivamente del dolor. El hierro permaneció inmóvil unos segundos antes de que Imir lo retirara con la misma calma con la que había comenzado.
Sobre la frente de Elena quedó marcada una única palabra.
PUTA.
Respiró con dificultad mientras intentaba recuperar el aliento. Las lágrimas descendían en silencio por su rostro y su cuerpo temblaba de forma involuntaria. Pasaron varios segundos antes de que lograra abrir los ojos nuevamente y volviera a mirar a Imir.
Él ya estaba preparando el siguiente castigo.
—¿Sabes qué es lo curioso…? —preguntó Elena con una sonrisa débil que parecía completamente fuera de lugar—. Toda mi vida pensé que el dolor era lo peor que podía sentir una persona.
Sin decir alguna palabra imir dejo el hierro nuevamente sobre el brasero
—Estaba equivocada.
Una risa corta escapó de sus labios antes de convertirse en una mueca de dolor.
—Uno puede acostumbrarse al dolor. Lo hice durante años. Me acostumbré a que me tocaran personas a las que despreciaba. Me acostumbré a mentir. Me acostumbré a obedecer. Incluso llegué a convencerme de que todo aquello era normal.
Imir tomó el siguiente instrumento sin apartar la vista de la mesa.
—Pero hay algo a lo que nunca pude acostumbrarme.
Por primera vez levantó ligeramente la mirada.
—Volver a casa… y sentir vergüenza cuando mi hija me abrazaba.
El silencio volvió a instalarse entre los dos.
La herramienta permaneció suspendida entre las manos de Imir. Fue una pausa breve, apenas un segundo, demasiado sutil para que los guardianes repararan en ella, pero Elena si lo noto.
Una leve sonrisa apareció en su rostro, no por el dolor, sino porque acababa de comprender que, detrás de aquellos ojos vacíos, todavía quedaba alguien intentando salir.
—Ahí estás…
Imir frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué has dicho?
Su voz sonó grave, seca, como si llevara demasiado tiempo sin ser utilizada.
Elena sostuvo su mirada.
—Pensé que ya no quedaba nadie detrás de esos ojos.
Imir no respondió; Retomó el castigo exactamente donde lo había dejado.
Elena cerró los ojos durante unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, respiró profundamente antes de continuar hablando.
—El hombre que me disparó me hizo una pregunta justo antes de apretar el gatillo. Me preguntó si todo había valido la pena. En ese momento pensé en Naeris escondida bajo el suelo de nuestra casa… y le respondí que sí. No porque estuviera orgullosa de la vida que había llevado, sino porque, mientras yo cargaba con toda esa miseria, ella todavía había podido seguir siendo una niña.
Su voz empezaba a quebrarse.
—Ahora entiendo que me equivoqué.
La siguiente marca nunca llegó.
—Creí que la estaba protegiendo… cuando en realidad solo le estaba enseñando que una persona puede perderse poco a poco sin darse cuenta.
Elena respiró con dificultad y volvió a buscar los ojos de Imir.
—Por eso no dejo de hablarte, porque tengo la sensación de que tú también llevas demasiado tiempo diciéndote que no tienes otra opción.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Imir volvió a bajar la vista y continuó con el procedimiento. Sin embargo, cada frase de Elena comenzaba a provocar una sensación incómoda que jamás había experimentado. No sabía qué era. Solo sentía que aquellas palabras encontraban un lugar dentro de él donde nadie había hablado en siglos.
El siguiente grito fue mucho más corto que el primero.
Elena ya no tenía fuerzas para resistirse como al comienzo. Respiraba con dificultad mientras el sudor recorría lentamente su rostro al pasar sobre la marca recién grabada en su frente, el ardor se volvía casi insoportable, apretó la mandíbula negándose a regalarle otro grito al Inframundo.
—Qué extraño… —dijo con la voz entrecortada mientras intentaba recuperar el aliento—. Pensé que iba a odiarte. Lo intenté desde que entré aquí. Pensé que si conseguía odiarte… todo sería más fácil, pero no puedo.
Esta vez Imir levantó la vista.
—¿Por qué?
La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera contenerla.
—Porque tú no elegiste convertirte en esto.
Aquellas palabras hicieron que el silencio de la cámara resultara todavía más pesado.
Imir volvió a bajar la mirada, como si lamentara haber hablado.
—Te equivocas.
Fue la única respuesta que encontró.
Elena negó despacio con la cabeza.
—No, las personas malas disfrutan hacer daño. Tú no disfrutas nada y eso es mucho más triste.
Una presión desconocida comenzó a crecer en el pecho de Imir. No era culpa. No era rabia. Era una sensación completamente nueva. Durante dos mil años jamás había cuestionado una sola de sus acciones y, sin embargo, aquella desconocida estaba consiguiendo que cada uno de sus silencios pesara más que cualquier castigo que hubiera infligido.
Elena respiró profundamente antes de volver a hablar.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando llegué aquí? que el infierno sería un lugar lleno de demonios.
Hizo una breve pausa.
—Ahora creo que está lleno de personas que olvidaron quiénes eran.
Sus ojos volvieron a encontrarse.
—Y eso me da mucho más miedo.
Imir intentó continuar. Necesitaba terminar aquel procedimiento cuanto antes. Cada palabra de Elena parecía abrir una grieta en algún lugar de su mente que ni siquiera sabía que existía.
Entonces apareció el dolor.
Al principio fue una ligera presión detrás de los ojos. Después se extendió por toda su cabeza hasta convertirse en un latido insoportable. Imágenes inconexas comenzaron a atravesar su mente con una velocidad imposible de seguir. Un cielo completamente blanco. Plumas cubiertas de sangre. El sonido de una espada al romperse. Unas manos sosteniéndolo mientras alguien pronunciaba un nombre que nunca alcanzó a comprender.
Imir dio un paso atrás y llevó una mano a la cabeza.
Respiró con dificultad.
No entendía qué estaba ocurriendo.
A pesar del dolor que recorría su cuerpo, Elena, comprendió que aquello ya no tenía nada que ver con ella.
—Imir…
Él levantó la cabeza de golpe.
—¡Cállate!
Su voz retumbó por toda la cámara. Los guardianes intercambiaron una mirada de desconcierto. Nunca lo habían visto alzar la voz.
Elena sostuvo su mirada.
—No tienes que seguir haciendo esto.
—¡Cállate!
El dolor aumentó.
Las imágenes regresaron con más fuerza, durante un instante creyó escuchar el batir de unas enormes alas detrás de él. Después todo desapareció.
Respiraba cada vez más rápido.
Sentía rabia.
Una rabia irracional.
No contra Elena.
Contra aquello que estaba ocurriendo dentro de su propia cabeza.
—No sabes de lo que hablas…
—No —respondió Elena con una calma que parecía imposible en aquella situación—. Pero sé reconocer a alguien que lleva demasiado tiempo viviendo la vida de otra persona.
Aquellas palabras fueron suficientes.
Imir perdió por completo el control.
La herramienta cayó al suelo con un estruendo metálico. En un solo movimiento sujetó a Elena por el cuello y la levantó violentamente de la mesa de piedra. Las cadenas que aprisionaban sus muñecas se tensaron de golpe, haciendo resonar el hierro por toda la cámara mientras su cuerpo quedaba suspendido en el aire. Los guardianes retrocedieron instintivamente. Jamás habían visto al verdugo romper el protocolo.
—¡Basta!
Su voz ya no sonaba vacía.
Sonaba desesperada.
Elena apenas podía respirar, pero aun así llevó lentamente una mano hasta el brazo que la sostenía.
No intentó apartarlo.
Solo lo miró.
—Ahí estás, de nuevo…
Aquellas dos palabras terminaron de romper algo dentro de él.
La arrojó violentamente contra la piedra. El impacto hizo temblar toda la sala. Antes de que Elena pudiera recuperar el aliento, Imir volvió a golpearla una y otra vez, completamente consumido por una rabia que ni él mismo comprendía. Ya no intentaba destruir a Elena. Intentaba destruir aquello que estaba despertando dentro de él. Cuando todo terminó, el silencio regresó de golpe.
Imir permanecía inmóvil, respirando con dificultad. Sus manos temblaban.
Elena apenas seguía con vida.
La sangre se extendía lentamente sobre la piedra mientras intentaba tomar una última bocanada de aire. Con el poco aliento que le quedaba, volvió a buscar los ojos de Imir.
Sonrió.
No con compasión.
Con tristeza.
—Cuando… descubras quién eres realmente… entenderás que… nunca fuiste un demonio…
Imir sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
Ella respiró una última vez.
—Y ese día… ellos… empezarán… a tenerte miedo…
Su cabeza cayó lentamente hacia un lado.
La cámara quedó completamente en silencio.
Uno de los guardianes dio un paso al frente.
—Verdugo… ¿Qué hacemos con el alma?
Imir no respondió de inmediato. Su mirada permanecía fija sobre el cuerpo de Elena mientras aquellas últimas palabras seguían repitiéndose dentro de su cabeza con la misma intensidad que las imágenes que acababan de atravesarlo. Si permanecía en el Inframundo, volvería a verla. Sus heridas sanarían con el tiempo y el ciclo comenzaría de nuevo. Tendría que torturarla una y otra vez durante toda la eternidad. Tendría que volver a escuchar su voz. Volver a soportar aquellas preguntas. Volver a sentir aquella extraña presión en el pecho que ni siquiera era capaz de comprender.
La rabia volvió a apoderarse de él.
No quería volver a verla.
No quería volver a escucharla.
No quería volver a pensar en ella.
Cerró los ojos durante un instante y apretó los puños con fuerza. Cuando volvió a hablar, su voz recuperó aquella frialdad que lo había acompañado durante siglos, aunque esta vez sonaba ligeramente quebrada.
—Llamen a los Vorak.
Los Vorak
“No son verdugos. No son jueces. Solo cumplen el último acto del ciclo.”
Los Vorak, también conocidos como Carroñeros de Almas, son criaturas ancestrales cuya existencia precede incluso al Reino del Inframundo. Nadie conoce su origen ni comprende su verdadera naturaleza.
En el Inframundo las almas no pueden morir. Cada castigo forma parte de un ciclo eterno: las heridas desaparecen con el tiempo y la tortura vuelve a comenzar una y otra vez. Solo existe una forma de escapar de ese destino.
Cuando el Rey autoriza el Consumo, los Vorak aparecen para devorar el alma por completo. No destruyen el cuerpo; consumen la esencia, los recuerdos y la identidad de la víctima, borrándola para siempre de la existencia.
Su presencia inspira temor incluso entre los demonios. El Rey los utiliza para ejecutar a cualquiera que se atreva a desafiar su autoridad, pues los Vorak también son capaces de devorar el alma de un demonio, condenándolo a desaparecer para siempre.
“Morir significa abandonar la vida. Ser consumido por un vorak significa abandonar la existencia.”
Los guardianes inclinaron la cabeza y abandonaron la sala sin hacer preguntas.
Imir permaneció allí unos segundos más.
Luego dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.
Las enormes puertas de hierro se cerraron lentamente detrás de Imir. El sonido de los engranajes terminó por ahogar los últimos crujidos que provenían del interior de la cámara. No volvió la vista. Nunca lo hacía. Los condenados dejaban de existir para él en el mismo instante en que abandonaba la sala.
Comenzó a recorrer el largo corredor que conducía de nuevo al palacio. Sus pasos eran firmes, pero el silencio ya no resultaba tan familiar como unos minutos antes. Las palabras de Elena seguían repitiéndose dentro de su cabeza con una claridad insoportable.
“Cuando descubras quién eres realmente…”
Imir apretó la mandíbula y aceleró el paso.
“Nunca fuiste un demonio…”
El dolor regresó de golpe.
Fue una descarga tan intensa que le atravesó la cabeza como si alguien hubiera hundido una hoja al rojo vivo entre sus pensamientos. Soltó un gruñido ahogado y cayó de rodillas sobre la piedra. Intentó incorporarse, pero una nueva oleada de imágenes irrumpió sin pedir permiso. Un cielo cubierto por una luz cegadora. Plumas blancas flotando entre ríos de sangre. Un rugido tan antiguo que parecía venir del propio universo.
—¡Basta…!
Su voz retumbó por todo el corredor.
Llevó ambas manos a la cabeza con desesperación mientras el dolor seguía aumentando. Golpeó el suelo una vez con el puño. La piedra se resquebrajó bajo el impacto.
Respiró con dificultad y volvió a golpear.
Las grietas comenzaron a extenderse varios metros por el corredor, levantando fragmentos de roca que salieron despedidos contra las columnas.
Golpeó una tercera vez.
Aquella vez el suelo cedió por completo bajo su cuerpo. El estruendo recorrió los pasillos del palacio mientras una nube de polvo cubría el lugar.
El dolor desapareció tan rápido como había llegado, todo volvió al silencio.
Imir permaneció inmóvil durante varios segundos, respirando con dificultad. Observó el enorme cráter que había abierto bajo sus rodillas sin comprender lo que acababa de ocurrir. Nunca antes había perdido el control de aquella manera. Ni siquiera recordaba haber sido capaz de ejercer semejante fuerza.
Se incorporó lentamente. El mundo giraba a su alrededor y tuvo que apoyarse unos segundos contra una de las columnas para recuperar el equilibrio. Sentía el cuerpo pesado, como si hubiera luchado durante días enteros sin descansar. Lo único que deseaba en aquel momento era regresar a su habitación, cerrar los ojos y esperar que las pesadillas hicieran desaparecer aquella extraña sensación que no dejaba de crecer dentro de él.
Comenzó a caminar otra vez.
Cada paso resultaba más lento que el anterior.
Sin importar cuánto intentara apartarlas, las palabras de Elena seguían persiguiéndolo.
“Los dos nos convencimos de la misma mentira.”
“No naciste para esto.”
“Ellos empezarán a tenerte miedo.”
Apretó los dientes hasta sentir que la mandíbula le dolía.
No.
Aquella mujer estaba equivocada.
Solo era otra condenada intentando aferrarse a cualquier cosa antes de ser torturada eternamente, nada más.
Repitió aquella idea una y otra vez mientras atravesaba los interminables pasillos del palacio, intentando convencerse de que todo volvería a ser igual al día siguiente.
Sin embargo, en el fondo de su mente, una pequeña duda había comenzado a existir.
Y ya era demasiado tarde para hacerla desaparecer.
Cuando finalmente cruzó las puertas principales del salón real, el inmenso espacio permanecía completamente en silencio. Las columnas negras se alzaban hasta perderse en la oscuridad, iluminadas únicamente por el resplandor rojizo de la lava que recorría los muros. Al fondo, sobre el enorme trono de obsidiana, una figura esperaba inmóvil.
El Rey.
No parecía sorprendido.
Parecía estar esperándolo.
Imir se detuvo en seco.
Por primera vez en dos mil años… Sintió miedo de mirarlo a los ojos.